EL DOLOROSO ACTO DE CREAR (1)
El almuerzo desnudo (Naked lunch, David Cronenberg, 1991)

Sórdida crónica sobre el viaje interior de un escritor, El almuerzo desnudo es también un excelente ensayo sobre el doloroso acto de la creación artística, la adicción a las drogas, la soledad y la recuperación de la identidad. Un delirante laberinto poblado por máquinas de escribir con forma de insectos parlantes, viscosos seres de apariencia alienígena, escurridizos ciempiés y una excelente partitura fruto de la colaboración entre Howard Shore y el saxofonista Ornette Coleman.
Durante su estancia en Tánger, William Burroughs iba escribiendo desordenadamente textos sueltos que después enviaba por correo a Allen Ginsberg. Éste, unos años mas tarde se reúne con el escritor con el fin de aglutinar ese manojo de escritos en forma de libro, un collage de sensaciones que se acabaron publicando en 1959 bajo el título de El almuerzo desnudo.

A principios de la década de los 80 David Cronenberg acaricia la posibilidad de trasladarlo a la pantalla pero diversas circunstancias demoran la idea, entre ellas algunos proyectos que van cayendo en sus manos consolidando su prestigio como autor: Videorome (Videorome, 1982), La zona muerta (The dead zone, 1983), La mosca (The fly, 1986) o Inseparables (Dead ringers, 1988). Tras finalizar ésta última película, Cronenberg recupera el universo de Burroughs concibiendo un guión a su medida en cuanto a las conexiones conceptuales con su particular mundo creativo, a la vez que lo salpica con elementos biográficos del propio escritor.

De entrada, El almuerzo desnudo es la crónica de una alucinación. De hecho es un filme construido a través de la metáfora y desde la mirada de un adicto a las drogas y al alcohol, William Lee (Peter Weller), que en realidad es el propio Bourroughs. Ya lo advierte la película en sus dos citas del principio: «Nada es verdad, todo está permitido» (Asan I Sabbah) y «Buscavidas del mundo, hay una marca que no podéis batir: la marca interior» frase del mismo Burroughs. Incluso el propio Cronenberg se encarga de enfatizarlo por boca de su protagonista en una de las secuencias iniciales «Exterminemos todo pensamiento racional». A partir de ahí el cineasta dibuja una quimérica parábola sobre el doloroso acto de la creación, en concreto el de la escritura –aunque también, y por qué no, el del cine-, incluso como una necesidad vital: Kiki le llega a manifestar al escritor: «Si reparamos la máquina ¿repararemos también la vida?». Como Barton Fink (Joel Coen, 1991), William, que se gana la vida como exterminador de insectos, sufre un bloqueo creativo sólo que, a diferencia del personaje encarnado por John Turturro, lo lleva al extremo a causa de su toxicomanía, en este caso insecticidas, elemento que refuerza si cabe aún más, el carácter ilusorio de la película.


Crónica de una alucinación
Durante las delirantes visiones que le provoca su consumo, William dialogará con su máquina de escribir convertida en un escarabajo parlante, es decir, consigo mismo. Ésta le encomendará una misión en un lugar en el Norte de África llamado Interzona, que en realidad es su propia psiquis interna. Una vez allí tendrá que ir redactando los informes que le van encargando, lo que más tarde serán los textos que conformarán la novela que da título al filme. Ilusión acentuada por una inquietante, y a la vez extraña, puesta en escena dotando a la escenografía, en especial la que reproduce el Tánger, de una atmósfera onírica marcada, en algunas ocasiones, por la combinación de arquitectura y escenarios caso de la playa dentro de una oscura construcción de columnas. Ambientes que Cronenberg acentúa en algunas secuencias como aquella en la que, tras la visita de Hank (Nicholas Campbell) y Martín (Michael Zelniker) -personajes con claras referencias a Jack Kerouac y Allen Ginsberg-, el protagonista les acompaña a una estación de autobuses –de nuevo una arquitectura que mezcla elementos neoyorkinos y africanos-. Allí uno de ellos dice: «Creo que Bill está muy bien aquí ¿verdad?» A lo que responde el otro: «Digamos que se mueve dentro de una realidad única».

Al mismo tiempo, El Almuerzo desnudo es un ensayo sobre la identidad en la que, William se debate ante la aceptación de su propia homosexualidad, y un relato sobre el mundo de la drogadicción, causa que provoca en William sus delirantes visiones a la vez que un medio para enfrentarse al hecho creativo. Alucinaciones pobladas por mutantes, como aquella máquina de escribir que posee caracteres arábigos que, después de convertirse en un ser mitad humano, mitad insecto, se une a la consumación amorosa entre William y Joan Frost. O seres de apariencia alienígena como el llamado Mugwump quien en la barra de un bar le sugiere la marca de un aparato mecanográfico pues «Escribir a mano es poco profesional». O bien cuando Cloquet transfigurado en ciempiés sodomiza brutalmente a Kiki.


La música
Catarsis enfatizada por la excelente banda sonora compuesta por Howard Shore y en especial Ornette Coleman, cuya brillante inventiva, no sólo encaja a la perfección dentro de la trama, sino también por ese carácter implícito del jazz, que al igual que la generación Beat, se desenvolvía en ambientes marginales, lo que amplifica, si cabe aún más, el espíritu underground de la historia. A ello se añade una partitura concebida a partir de la interacción de dos estilos opuestos pero al mismo tiempo complementarios ofreciendo un rico abanico armónico. Música que en ocasiones refuerza la continuidad entre secuencias como en la que William, tras canjear su pistola por una máquina de escribir en una casa de empeños, aparece sentado en la mesa de un bar de Tánger mecanografiando sus primeros textos en la siguiente: todo ello enlazado a través de una arquitectura tradicional arábiga interpretada por instrumentos de viento sobre la que, instantes más tarde, se superponen los enérgicos fraseos de Coleman.

Combinaciones que van desde estructuras meramente orquestales, principalmente con dominio de los instrumentos de cuerda, siguiendo las premisas habituales de las composiciones del género, a las puramente jazzísticas, si bien en otras ocasiones la base orquestal servirá de apoyo a las melodías trazadas por el saxofonista, caso de los títulos de crédito y tema principal de la película. Línea en la que se desenvuelven temas como Centipete en la que Coleman va perfilando cadencias melódicas a medio tempo acompañado por la sección de cuerdas ilustrando el instante en que el protagonista, en estado de trance y tras percatarse de un ciempiés que pulula por las paredes de su cuarto de baño, se acerca a él y le exhala su aliento, cayendo fulminado el insecto al poco tiempo. O el titulado Mujahaddin en la que un preámbulo orquestal inicia el tema para incorporarse después el saxo marcando con ello la intensidad de la citada consumación del acto carnal entre Joan Frost, William y la mutación de la máquina de escribir.


Articulaciones que se complejizan en Midnight sunrise que comienza con un prólogo de la sección de cuerdas para después fusionarse con música tradicional arábiga y las notas de Coleman incrementando el ardororoso acto homo erótico entre Kiki y Cloquet transformados ya en espeluznantes insectos. Incluso la escena en que Joan Lee le pide William que unte sus labios con el insecticida en polvo tras lo cual se besan acompañados por Misterioso, pieza en la que se entremezcla un piano que traza la conocida melodía de Monk con las filigranas sonoras del saxofón. Pero también registros que van desde un delicado fraseo melódico como el que acompaña la escena del encuentro de William con Joan Frost y su marido en un bar del Tánger bajo el título de Ballad; a las explosiones free caso de Writeman que subraya el momento cuando el escritor llega a su casa y halla a su mujer inyectándose una dosis: inicialmente el contrabajo traza cortantes frases sonoras con el arco para después entrar el saxo y la batería creando a la vez una violenta melodía; o Bugpowder, estallido armónico que incrementa la saña con la que William aplasta al insecto de su primera alucinación.

Composiciones que llegaron a expresar musicalmente como en pocas ocasiones la intensidad del propio sentimiento, en este caso el de un escritor enfrentado a si mismo, pero también a su propia creación.

CARLOS TEJEDA
(1) Artículo publicado en la revista CUADERNOS DE JAZZ nº 106, mayo/junio de 2008, pp. 60-64.

FICHA TÉCNICA
El almuerzo desnudo (Naked lunch, 1991).
Director: David Cronenberg.
Productor: Jeremy Thomas.
Guión: David Cronenberg basado en el libro homónimo de William S. Bourroughs.
Música: Howard Shore y Ornette Coleman.
Fotografía: Peter Suschitzky.
Diseño de producción: Carol Spier.
Montaje: Ronald Sanders.
Reparto: Peter Weller (Bill Lee), Judy Davis (Joan Frost / Joan Lee), Ian Holm (Tom Frost), Julian Sands (Yves Cloquet), Roy Scheider (Dr. Benway), Monique Mercure (Fadela), Nicholas Campbell (Hank), Michael Zelniker (Martín), Robert A. Silverman (Hans), Joseph Scorsiani (Kiki).

The Ornette Coleman Trio
Ornette Coleman (St)
Denardo Coleman (bat)
Barre Phillips (b)