RETRATO DE UN NAUFRAGIO EMOCIONAL (1)
La noche (La notte, Michelangelo Antonioni, 1960)

En el segundo título de su trilogía -que se completa con La aventura (1960) y El eclipse (1962)-, Michelangelo Antonioni retrata el punto de inflexión al que ha llegado la rutinaria vida marital de Giovanni y Lidia. Lenta desintegración por la que deambulan como dos espectros hacia el vacío. Un viaje sin retorno, enfatizado por las miradas, los sonidos urbanos de un Milán en pleno boom económico y la notable música de Giorgio Gaslini.

El escritor Giovanni Pontano (Marcello Mastroianni) y su mujer Lidia (Jeanne Moreau), acaban de llegar a la fiesta que ha organizado el empresario Ghirardini (Vinzenzo Corbella) en su flamante mansión de diseño. Mientras descienden hacia el jardín, él encuentra sobre el marco de una ventana un libro y, tras mirar su portada, exclama «¿Quien leerá Los sonámbulos aquí?». Cita literaria con la que Antonioni acentúa una de las claves temáticas de La noche ya que sus personajes guardan muchas similitudes con los de la citada obra de Hermann Broch, una crónica sobre la clase media alemana de finales del siglo XIX y principios del XX que, sin ideales ni objetivos, se mueve impasible ante los cambios sociales. En esa tesitura, el director italiano dibuja un lúcido retrato sobre la descomposición de un matrimonio. Y la propia luz irá recalcando paulatinamente el cada vez más creciente desasosiego de la historia: desde el luminoso atardecer del inicio hacia la caída de la noche, en cuya oscuridad, como sonámbulos, deambulan hacia ninguna parte; para finalizar en un amanecer grisáceo, augurio de una ambigua esperanza. Sin apenas intercambiar unas pocas frases e incapaces de mostrar emoción alguna ante los acontecimientos -como queda ya patente en la secuencia inicial de su visita al moribundo Tommasso (Bernhard Wicki)(2) en el hospital-, la vida de la pareja discurre en un adormecido ámbito intelectual que goza de bienestar económico.

La noche es además un filme sobre la incomunicación que el cineasta recurre a una casi abstracta puesta en escena, es decir, composiciones visuales en las que se combinan las figuras humanas con la geometría de los propios elementos arquitectónicos de los escenarios por los que van transitando los protagonistas. Austeras atmósferas minimalistas marcadas a su vez por un cuidado tratamiento de los efectos de sonido y la propia música de Giorgio Gaslini(3), estrategias con las que Antonioni amplifica metafóricamente el naufragio emocional de los Pontano. De hecho la música marcará un contrapunto con respecto a los ruidos que emanan del entorno: estará presente en el primer intento de acercamiento de la pareja para después integrarse en la citada fiesta de Ghirardini, acontecimiento en el que transcurre la segunda mitad de la película, y subrayar, por último, el desenlace final al amanecer.


Ya las imágenes iniciales, sobre las que se superponen los títulos de crédito, son un presagio de lo que va a acontecer: la cámara desciende por la fachada de un rascacielos captando el reflejo de la ciudad sobre su superficie acristalada. Planos intensificados a su vez por una banda sonora en la que el bullicio procedente de la propia urbe se mezcla con una serie de notas atonales de un sintetizador. Y de ahí a la llegada de los protagonistas al hospital cuyos silencios y actitudes delatan, desde un primer momento, el conflicto emocional que subyace en la pareja. Tras la visita, y como dos espectros, se dirigen a la librería donde tiene lugar la presentación de la novela que Giovanni acaba de publicar. Durante el trayecto se ven atrapados en un atasco, metáfora del estancamiento que sufre su vida en común.

Pero Lidia abandonará el evento para vagar sin rumbo por las entrañas de la ciudad. Peregrinación enfatizada por estruendos de automóviles, de helicópteros o de los mismos cohetes que lanzan un grupo de hombres en un descampado. Itinerario, en cierto modo fantasmal, en el que se cruza con otros seres, transitando unos hacia algún lugar, intercambiando parcas frases otros. Las mismas que utilizan los asistentes al evento de Giovanni, con la única diferencia que éstos están camuflados bajo una supuesta pátina intelectual.


Un crepúsculo impregnado de hard bop
Tras reunirse al anochecer, y en un vano intento de acercamiento, ambos cónyuges deciden ir a un cabaret, retrasando su asistencia al convite de Ghirardini. Al compás de la música de Giorgio Gaslini, una arquitectura jazzistica interpretada en directo por un quinteto de instrumentistas que navega por los aires del hard bop, danza una sensual joven de color haciendo equilibrios con una copa en la que luego su pareja de baile vierte un poco de vino. El contundente ritmo a tempo lento trazado por el contrabajo y el piano, sobre el que se superpone la melodía esbozada por el saxo solista, recalca la hipotética tregua que parece haberse dado la pareja. Pero la calidez del espectáculo escasamente mitiga la frialdad del matrimonio que apenas acierta a intercambiarse una pocas palabras. Impasibilidad que, al término de la actuación, le lleva a Giovanni a afirmar que «la vida sería soportable si no hubiera placeres». Lidia le pregunta si la frase es suya, y él, inflexible, sentencia: «Yo ya no tengo ideas. Sólo tengo memoria».

De ahí se trasladan al ágape de Ghirardini cuyo pretexto para la fiesta es celebrar que el caballo de su hija ha ganado una prueba hípica. Velada que le sirve al cineasta para dibujar un lúcido mosaico sobre la burguesía que, como la de Broch, son fantasmagorías pululantes. Seres ociosos cuya apariencia y frivolidad son endebles rituales que ocultan su profundo vacío existencial. Idas y venidas de cuerpos que, como autómatas, se entrecruzan incapaces de mantener una conversación, fútiles juegos al borde de la piscina o tintineos de cubiertos y vasos en una atmósfera amenizada por varios fragmentos musicales interpretados, esta vez, por un cuarteto con el propio Giorgio Gaslini al piano. Temas que transcurren bajo los parámetros del hard bop y en los que el saxo tenor de Alceo Guatelli sigue desempeñando el papel solista. Perfecto equilibrio entre las armonías cuya función es meramente ambiental con las impregnadas de más swing, esas que incitan a los asépticos concurrentes a mover sus cuerpos.


Los restos de un naufragio
Pero Lidia, ajena al acontecimiento, vaga solitaria por las estancias de la casa quedando patente su aislamiento, no sólo con el exterior, sino con el propio Giovanni. «Será posible que tú no te diviertas nunca» le espeta su marido quien tampoco acaba de integrarse en el ambiente, a pesar de su acercamiento a Valentina Ghirardini (Monica Vitti). Y en medio de esta oquedad Antonioni esboza una reflexión sobre el papel del escritor en la vida contemporánea y por extensión, el del hombre: «Lo que mantiene a un escritor, pongamos su caso, Pontano, no es la idea del beneficio, sino de un sentimiento de necesidad. Escribe porque es necesario para sí mismo y para los demás» expresa un Ghirardini que se vanagloria de su despreocupación por el dinero, concluyendo que «la vida es la que nos creamos con nuestras obras». A lo que Giovanni replica: «Cuántas veces un escritor se pregunta si la escritura no será un instinto imposible de acallar pero anticuado. Este trabajo tan solitario, de artesano, el meter esforzadamente una palabra tras otra, esta labor imposible de mecanizarse. Ustedes los industriales tienen la ventaja de crear sus “cuentos” con personas, casas y ciudades de verdad. El ritmo de la vida y del tiempo está en sus manos. Quizá también el futuro».

El amanecer sorprende a Giovanni y Lidia atravesando el jardín mientras, en primer término, el cuarteto de músicos prosigue su actuación ante algunos invitados tendidos sobre la hierba. Cadencia que acompaña el alejamiento de la pareja hasta un campo de golf cercano. Allí ella lee una antigua y apasionada carta. Él pregunta quien es el autor: «es tuya» contesta Lidia. Pero Giovanni no recuerda cuando escribió cosas sobre ella como «...algo que respira conmigo y que nada podrá destruirlo sino la torpe indiferencia de una rutina que veo como única amenaza».
Sólo queda el vacío y, tal vez, una ambigua esperanza en el aire marcada por la música de Gaslini.

CARLOS TEJEDA
(1) Artículo publicado en la revista CUADERNOS DE JAZZ nº 105, marzo/abril de 2008, pp. 45-48.

NOTAS A PIE DE PÁGINA
(2) Bernhard Wicki (1919-2000) se consagró como director con El puente (1959) un sobrio relato antibelicista. Y aunque el resto de su filmografía como realizador no logró el eco de ésta, rodó estimables títulos como El día más largo (1964), en la que se encargó de las secuencias alemanas, o Morituri (1964) cuyos protagonistas fueron Marlon Brando y Yul Brynner. Como actor, Wicki participó en numerosos largometrajes caso de Desesperación (R. W. Fassbinder, 1978), La muerte en directo (Bertrand Tavernier, 1980), Un amor en Alemania (Andrzej Wajda, 1983) o Paris, Texas (Wim Wenders, 1984).

(3) Aunque no se ha prodigado demasiado dentro del campo del cine, Giorgio Gaslini (Milán, 1929) ha compuesto también dos bandas sonoras para Darío Argento: Rojo oscuro (1975) y Le cinque giornate (1973).

FICHA TÉCNICA Y ARTÍSTICA
La noche (La notte, 1961)
Dirección: Michelangelo Antonioni.
Guión: Michelangelo Antonioni, Enno Flaiano y Tonino Guerra.
Fotografía: Gianni Di Venanzo.
Música: Giorgio Gaslini.
Montaje: Eraldo Da Roma.
Dirección artística: Piero Zuffi.
Intérpretes: Marcello Mastroianni (Giovanni Pontano), Jeanne Moreau (Lidia Pontano), Monica Vitti (Valentina), Bernhard Wicki (Tommasso), Rosy Mazzacurati (Resy), María Pia Luzi (La ninfómana), Guido Ajmone Marsan (Fanti), Vinzenzo Corbella (Gherardini), Gitt Magrini (Sra. Gherardini), Ugo Fortunati (Cesarino).

MÚSICOS
Giorgio Gaslini (p), Alceo Guatelli (saxo), Ettore Univelli (b) y Eraldo Volonte (bat
).