UN TOQUE DE DISCRECIÓN (1)

«¿Quién demonios va ir a ver una película titulada The third man?» espetó David O´Selznick al escritor Graham Greene y a Carol Reed (1906-1976) después de leer el borrador final del guión. Además de otras pegas, el productor insiste con el nombre de Noël Coward para el rol de Harry Lime. Pero el director británico, ignorando los consejos del magnate, elige a Orson Welles, así como al director de fotografía Robert Krasker y a Antón Karas para la música. Feliz cruce de personalidades que hizo de El tercer hombre (1948) no sólo el mejor filme de su realizador, sino una obra maestra.

Lejos de aquella leyenda sobre la supuesta intromisión de Orson Welles en la dirección del film, el actor apenas había puesto dificultades durante el rodaje, según el propio testimonio de Reed. Salvo en la escena de la noria, en la que el autor de Ciudadano Kane se permitió la libertad de saltarse el guión e improvisar algunos diálogos como aquel en el que Harry Lime se despide de su amigo: «Recuerda lo que dijo no se quién: en Italia, en 30 años de dominación de los Borgia no hubo más que terror, guerras, matanzas, pero surgieron Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza por el contrario tuvieron 500 años de amor, democracia y paz y ¿cuál fue el resultado?: El reloj de cuco».

Por otro lado la enorme riqueza visual de El tercer hombre -cámara inclinada, fotografía contrastada, etc- pone de manifiesto la gran capacidad estética de Reed, ya patente en un título anterior: Larga es la noche (1947). Rodado inmediatamente después de realizar varias películas de propaganda bélica, es un magnífico filme que narra la última noche de un revolucionario irlandés encarnado por James Mason.

James Mason en Larga es la noche (1947)

Hermetismo
Pero Reed no lograría volver ha alcanzar la maestría de estos dos títulos debido, entre otras razones, a sus nulas pretensiones de convertirse en autor ya que concebía el cine más como un hecho artesanal que creativo. A lo que se añadía su carácter extremadamente reservado que camuflaba, si cabe aún más, su condición de creador. Hermetismo que subrayó, entre otras causas, el hecho de ser hijo ilegítimo de Sir Herbert Beerbohm Tree, un famoso actor y empresario teatral de la época victoriana.

A finales de la década de los años 30, después de una decena de discretas pero eficaces películas tras la cámara, su nombre aún pasaba desapercibido por la industria británica, en aquellos momentos dominada por unas pocas figuras como Hitchcock o Korda. Reed realizaba entonces un promedio de tres películas al año para después, gradualmente, ir espaciando el tiempo entre sus rodajes hasta completar una filmografía de algo más de 30 títulos. Su primer encargo de importancia le llegó en 1939 con The stars look down una adaptación de la novela de A. J. Cronin sobre los mineros de carbón interpretada por Michael Redgrave y Margaret Lockwood.

Tras la citada Larga es la noche firma otro de sus largometrajes más sólidos, El ídolo caído (1947), su primera colaboración con Graham Greene. Basada en un relato de éste último, The basement room, tiene como protagonista a un niño de ocho años, hijo de un embajador, que es dejado a cargo del mayordomo (Ralph Richardson) durante un fin de semana.

Sus siguientes películas siguen mostrando su buen hacer tras la cámara, aunque carezcan del vigor creativo de sus anteriores metrajes: El desterrado de las islas (1950) interesante adaptación de un relato de Conrad, Se interpone un hombre (1952) o El niño y el unicornio (1954) su primera película en color. Con Trapecio (1955), un triángulo amoroso ambientado en el mundo circense interpretada por Burt Lancaster, Gina Lollobrigida y Tony Curtis, Reed no sólo rueda en cinemascope, sino que entra en la producción americana.

Charlton Heston en El tormento y el éxtasis (1964)

Altibajos
A partir de ahí, y pese a algunos éxitos, su filmografía estaría salpicada de altibajos: discretos filmes -La llave (1957) protagonizada por William Holden y Sophia Loren o El precio de la muerte (1962)- se alternan con otros de mejor factura como Nuestro hombre en la Habana (1958), trama de espionaje donde vuelve a trabajar con Greene; El tormento y el éxtasis (1964), superproducción que recoge el conflictivo enfrentamiento entre Miguel Ángel (Charlton Heston) y el Papa Julio II (Rex Harrison) durante la ejecución de la Capilla Sixtina, o el musical basado en la adaptación teatral de Lionel Bart de la novela de Dickens, Oliver (1968), que le valió el Oscar al mejor director.

Pero El tercer hombre no solo consagró a Carol Reed como un gran cineasta, sino que su sombra le acompañaría a lo largo de su vida. Incluso hasta en la muerte: en su funeral, la cítara de Anton Karas le despidió por última vez con la mítica melodía del Harry Lime´s theme.

CARLOS TEJEDA
(1) Artículo publicado con motivo del centenario del nacimiento de Carol Reed en el suplemento cultural ABCD LAS ARTES Y LAS LETRAS del diario ABC, nº 777, semana del 23 al 29 de diciembre de 2006, p. 52.


Sir Carol Reed, 1938 (Foto: Anthony Buckley)