Jean Seberg durante el rodaje de Buenos días tristeza (1958)

BONJOUR (Y BONSOIR) TRISTESSE (1)

«No sé si estoy triste porque no soy libre o si no soy libre porque estoy triste», es la frase que Patricia Franchini, personaje interpretado por Jean Seberg, le confiesa al periodista que le consigue una conferencia de prensa con un escritor en Al final de la escapada (Jean-Luc Godard, 1959), título que junto con Los cuatrocientos golpes (François Truffaut, 1959), inaugura uno de los movimientos cinematográficos europeos más importantes: la Nouvelle Vague. La contundente frase resume en pocas palabras lo que ha sido la azarosa, y a veces triste, existencia de Jean Seberg, en la que se mezclan un prematuro y veloz ascenso hacia el éxito, la impotencia de ser víctima del mismo, y su insatisfacción personal, que la llevaron a cuatro matrimonios y numerosos idilios, conduciéndola hacia su autodestrucción: acabó suicidándose el 8 de septiembre de 1979, en Paris.

Quizá por el tipo de producciones en las que participó (su filmografía apenas alcanza los 40 títulos), mayormente europeas, hubo la tendencia popular a creer que Jean Seberg era de origen francés, pero realmente nació en un pequeño pueblo del estado de Iowa, EEUU, el 13 de noviembre de 1938. De sus primeros años poco se sabe, simplemente su historia empieza cuando un ya consagrado Otto Preminger se fija en ella para darle el papel de Juana de Arco en Saint Joan (1957), un film que no deja indiferente a nadie: desde los sectores conservadores de una América puritana que la rechazan de pleno, hasta otros mas progresistas que la defienden a ultranza. Preminger la elige nuevamente para su siguiente film, una historia basada en un Best Seller de gran éxito de Françoise Sagan, Buenos días tristeza (1958), cuyo personaje, el de Cecile, hija de un viudo seductor encarnado por David Niven, la catapultará a una mayor celebridad. Después de trabajar en una producción menor, junto con Peter Sellers, Un golpe de gracia (Jack Arnold, 1959), será la ya citada Al final de la escapada, su cuarto film como intérprete, la que la eleve a la condición de mito. Aparte de las indiscutibles cualidades artísticas de la película, el estilo de la actriz marcará a toda una generación: su pelo corto a lo chico, que había mantenido desde su papel de Juana de Arco, así como su vestimenta, con los ya famosos pantalones de pitillo.


Pero su carrera posterior, a caballo entre Europa y los Estados Unidos, sufre de altibajos, como su vida personal. Uno de sus maridos fue el escritor, diplomático y cineasta Romain Gary, ganador por dos veces del premio Goncourt (Las raíces del cielo en 1956, llevada al cine por John Huston; y La vida ante él en 1975 y firmada bajo el seudónimo de Émile Ajar). El escritor la dirigirá en sus dos filmes: Les oiseaux vont mourir au Pérou (1968), junto a James Mason, y Kill (1971), al lado de Maurice Ronet. Se cuenta que, la imposibilidad del matrimonio por tener hijos, incita a la actriz a escaparse a fiestas nocturnas bañadas por alcohol y alucinógenos, y que en una de ellas conoce a un líder de las Panteras Negras. Todo esto, unido a sus convicciones políticas de izquierdas, provoca la intervención del FBI, produciéndose con ello un gran escándalo. Y por si fuera poco, a esto se suma un aborto ocasionado por su adicción a los barbitúricos, causas que la llevan a un lento descenso hacia el abismo, del que no saldrá jamás.

A pesar de esta agonía, Jean Seberg continúa haciendo películas, siendo en muchas ocasiones proyectos arriesgados como la magnífica Lilith (1964), al lado de Warren Beatty. El film, dirigido por Robert Rossen, víctima de la tristemente famosa caza de brujas del McCarthysmo, es una mas que interesante historia con tintes psicológicos ambientada en un sanatorio psiquiátrico. A pesar de filmes menores, como uno de los episodios de Godard perteneciente al largometraje Les plus belles escroqueries du monde (1964), Echappement libre (Jean Becker, 1964), en la que vuelve a compartir cartel con Belmondo, o Un loco Maravilloso (Irvin Kershner, 1966), al lado de Sean Connery, Hollywood reclama de nuevo su presencia para participar en La leyenda de la ciudad sin nombre (1969), epopeya musical del oeste junto con Lee Marvin y Clint Eastwood, y dirigida por un veterano Joshua Logan, autor de filmes tan emblemáticos como Bus Stop (1956), con la mítica Marilyn Monroe. Y aunque el éxito de esta cinta parece remontar su irregular carrera cinematográfica, lo cierto es que el resto de su filmografía no pasará de discretas producciones, a pesar de estar algunas dirigidas por Claude Chabrol (La ligne de démarcation, 1966; La route de Corinthe, 1967), o Yves Boisset (L‘attentat, 1972), y otras mas comerciales como Aeropuerto (George Seaton, 1970), o filmes mas experimentales como Le Bleu des origines (Philippe Garrel, 1979). Incluso llega a interpretar el rol de Ruth Miller, la madre del personaje de Marisol en la mediocre La corrupción de Chris Miller (1973), de Juan Antonio Bardem.

Paralelamente, su vida cae por una pendiente que le llevará a su repentina muerte a los 40 años de edad. Y, cuando se contempla de nuevo Al final de la escapada, una de las múltiples sensaciones que se tiene, es que la frágil e insegura Patricia Franchini es un reflejo de la propia Jean Seberg: ambas navegan, entre vaivenes, por las aguas de la inestabilidad emocional, en permanente búsqueda de su propia identidad. Pero la actriz no pudo evitar, a lo largo de su vida, aquellas dos palabras que un día le dieron la celebridad: Bonjour tristesse.

CARLOS TEJEDA
(1) Artículo publicado en el suplemento BLANCO Y NEGRO CULTURAL del diario ABC, nº 659, 11 de septiembre de 2004, pp. 42-43.