UN SILBIDO EN LA OSCURIDAD (1)

Al caer la noche, un hombrecillo imbuido dentro de un enorme abrigo negro, descubrirá a través de un espejo, que en su espalda tiene marcada la M de mörder (asesino): ha sido identificado. Ese repulsivo individuo es Hans Beckert, el psicópata que continuamente silba un fragmento del Peer Gynt de Grieg cuando acecha a sus víctimas. Es una de las inolvidables secuencias de M, el vampiro de Dusseldorf (1931), una de las películas más insólitas de la historia del cine, firmada por un Fritz Lang en estado de gracia. Además de sus innegables cualidades estéticas y narrativas, otra de las bazas del film fue, sin duda, el protagonista, Peter Lorre, en aquel momento un desconocido y versátil actor de teatro. Su semblante aniñado de ojos abultados daban la imagen perfecta para encarnar al perturbado criminal, inspirado en Peter Kürten, un asesino en serie que tuvo en vilo a la ciudad de Dusseldorf, a finales de los años veinte. Un brillante debut, que unido a su físico, predestinó al actor a interpretar un desigual repertorio de individuos atormentados, vulnerables y desequilibrados, en géneros como el fantástico y el cine negro.

En la ajetreada vida de Peter Lorre, de origen húngaro (su nombre real era László Löwenstein, 1904-1964), no faltan las dificultades: desde la inicial oposición familiar a su vocación de actor; los arduos comienzos en pequeñas compañías teatrales recorriendo diversas ciudades de Europa; su marcha de Alemania, como tantos otros, huyendo del nazismo; los vaivenes en Hollywood, alternando películas de gran calidad con filmes mediocres, hasta sus tres amargos divorcios en el terreno personal.

Al terminar “M”, rueda varios filmes en Alemania con escasa repercusión, y llamado por Hitchcock viaja a Londres para hacer de Abbott, un inflexible secuestrador, en la primera versión de El hombre que sabía demasiado (1934). Y de ahí el salto a Hollywood, con el rol del Dr. Gogol, en Las manos de Orlac (K. Freund, 1935), un maligno cirujano calvo, fascinado por una mujer, cuyo marido es un pianista que perdió las manos en un accidente, y al que el doctor le injerta otras nuevas: las de un asesino ejecutado. Después de interpretar a Raskolnikov en la fallida Crimen y Castigo (Von Sternberg, 1935), el maestro del suspense le reclama de nuevo para el papel de un asesino a sueldo en Agente secreto (Hitchcock, 1936).

Entre 1937 y 1939 interpreta al sagaz detective japonés Mr. Moto, un personaje más burlesco que dramático, en una serie de películas de discreta calidad, que le dan cierta popularidad entre el público americano. Pero su papel del afligido Joel Cairo, al lado de Humphrey Bogart, en El Halcón Maltés (J. Huston, 1941), aumentará su celebridad. En este film coincide con Sydney Greenstreet, orondo actor conocido por sus roles de cínico hampón, y con el que forma pareja en ocho títulos más, de los que destacan: la mítica Casablanca (M. Curtiz, 1942), donde Lorre interpreta al receloso Ugarte, quien entrega a Rick los dos famosos salvoconductos, antes de caer en manos de los alemanes; las dos tramas sobre espionaje Background to danger (R. Walsh, 1943), y La máscara de Dimitrios (J. Negulesco, 1944); y Pasaje para Marsella (M. Curtiz, 1944), que volvió a reunir prácticamente al mismo equipo de Casablanca, y que, a pesar de su éxito en taquilla, no alcanzó las virtudes de la precedente.

Sentido del humor
Frank Capra sacó partido de su sentido del humor, dándole el papel secundario del ebrio doctor Eínstein, autor de una chapucera cirugía estética en la cara del asesino encarnado por Raymond Massey, en la inteligente Arsénico por compasión (1944). Sin olvidar su delirante comisario ruso Brankov de La bella de Moscú (R. Mamoulian, 1957), en la que incluso baila. Pero sus incursiones en el cine fantástico siguen siendo numerosas: desde La bestia con cinco dedos (R. Florey, 1946), como el siniestro Hilarie, con un diabólico plan, que incluye una mano que toca al piano una pieza de Bach; Historias de terror (1962) y El cuervo (1963), lúgubres filmes de Corman inspirados en obras de Poe o La comedia de los terrores (J. Tourneur, 1963); hasta 20.000 Leguas de viaje submarino (R. Fleischer, 1954) o Viaje al fondo del mar (I. Allen, 1961). Peter Lorre se puso detrás de la cámara dirigiendo una sola película, en Alemania, Der verlorene (1950), que también escribió e interpretó.

Lejos de sus inquietantes personajes, hay numerosos testimonios, como el de Hitchcock en la célebre entrevista que le hizo Truffaut, que subrayan el gran sentido del humor del actor, así como su talante bromista en los rodajes. Pero en la memoria colectiva siempre quedará la imagen de ese oscuro hombrecillo embutido en un abrigo negro, rompiendo el silencio de las sombras con su macabro silbido.

CARLOS TEJEDA
(1) Artículo publicado en el suplemento BLANCO Y NEGRO CULTURAL del diario ABC, nº 650, 10 de julio de 2004, p. 43.