LOS MIEDOS DEL SILENCIO (1)

Pese a que en varias declaraciones Jacques Tourneur afirmaba que «yo nunca he sido libre... siempre se me ha impuesto el guión y el casting» o humildemente manifestaba que «Yo no soy considerado un gran director, soy un realizador mediano», la realidad es que imprimió un estilo muy personal a sus proyectos, casi todos de encargo, revelándose, con el paso del tiempo, como un autor de enorme talento. Su carrera se desarrolló dentro de los parámetros de la serie B, ámbito, en los que confesó sentirse muy cómodo, porque le permitía una mayor rapidez y con ello dejar vía libre al instinto.

Desde su infancia, Jacques Tourneur (París, 1904-Bergerac, 1977), vivió el mundo del cine muy de cerca: su padre, Maurice Tourneur, fue un destacado director de cine que llegó a dirigir a Mary Pickford en dos exitosos filmes en su época: The pride of the clan (1917) y La pobre rica (1917), lo que permitió al joven Jacques empezar muy pronto como script, actor y ayudante, y acabar como montador de varias películas de su padre en Francia, después de su estancia en Hollywood.

Val Lewton (1904-1951) es un avezado escritor de origen ruso que, después de ser ayudante de producción de David O´Selznick, forma su propio equipo de colaboradores en la RKO para rodar filmes de terror. Entre estos, se encuentran dos montadores que pasarán a la dirección: Robert Wise (que luego firmará exitosos títulos como West side story, 1961) y Mark Robson (que dirigirá la última película de Bogart, Más dura será la caída, 1956), y con los que respectivamente hará, entre otras, El ladrón de cadáveres (Wise, 1945) y Bedlam (Robson, 1946). Pero será con Tourneur, reinstalado de nuevo en Hollywood, con quien el productor logre una prodigiosa compenetración en tan sólo tres películas, hoy en día clásicas del género: La mujer pantera (Cat people, 1942), I walked with a zombie (1943) y The Leopard Man (1943), que significaron un nuevo concepto del cine de terror. Tras la separación del dúo Tourneur-Lewton por las políticas de los ejecutivos de la RKO, a lo que se añadió la prematura muerte del productor pocos años después, el director francés sumó a su tríptico del terror un nuevo título: La noche del demonio (1957). Aunque, entre medias, cultivó otros géneros como el cine negro (Retorno al pasado, 1947), la aventura (El halcón y la flecha, 1950) o el Western (Wichita, 1955).

Innovación
El innovador concepto que aporta Tourneur al cine de terror gira alrededor de la sugerencia, es decir, representar el miedo de una forma irreal, abstracta, mediante la luz, y el sonido, y sin necesidad de visualizar monstruo alguno, imprimiendo, de este modo, a sus filmes, el carácter de fantasías poéticas: «cualquier cosa imaginada por la mente siempre será mejor que todo aquello que podamos mostrar». De hecho el propio realizador manifiesta que «el terror, para ser sensible, debe ser familiar». De ahí que sus ficciones las sitúe dentro de un ambiente contemporáneo, incluso cotidiano, lejos de las atmósferas góticas de los filmes de horror del momento, aunque a veces lo exótico del lugar contribuye a dar mayor inquietud a la narración: el paisaje mágico de Haití en I walked with a zombie , el árido pueblecito de Nuevo México en The leopard Man o las enigmáticas ruinas de Stonenghe en La noche del Demonio. Además, sus historias parten de hechos sobrenaturales: la ficticia y ancestral maldición balcánica de las mujeres felino en La mujer pantera, el vudú y los muertos vivientes en I walked with a zombie, el juego ambiguo de si es humano o animal el misterioso asesino en The leopard man, o la brujería en La noche del demonio. Y dentro de estas articulaciones del subconsciente, («El film de terror, de verdadero terror, consiste en mostrar que todos vivimos inconscientemente bajo el miedo»), Tourneur cierra sus historias lanzando dos hipótesis al aire: una de carácter sobrenatural y otra más racional, dejando al espectador escoger la que crea más apropiada

Tourneur volvería de nuevo al fantástico en sus dos últimas películas: La comedia de los terrores (1963) y La ciudad sumergida (1965). En la primera reúne a reputados actores del género como Vicent Price, Boris Karloff, Peter Lorre y Basil Rathbone para elaborar una comedia negra sobre una funeraria en quiebra con necesidad de obtener nueva “clientela”. En la segunda, inspirada en un poema de Poe y también con Price, narra la aventura de dos hombres y una mujer atrapados en una ciudad submarina, pero con un resultado menos logrado que las anteriores.

En una de sus últimas entrevistas, a la pregunta de cual es el sitio que piensa ocupar en la historia del cine, Tourneur respondió: «Ninguno. No hay nada más evanescente que una imagen sobre celuloide»

CARLOS TEJEDA
(1) Artículo publicado en el suplemento BLANCO Y NEGRO CULTURAL del diario ABC, nº 668, 13 de noviembre de 2004, pp. 42-43.

*Citas extraídas del libro Jacques Tourneur. Filmoteca Española/Festival de Cine de San Sebastián, 1988.