LA VIDA ATRAPADA: CINE DOCUMENTAL JAPONÉS (1)

Al final de la década de los años ochenta, en un descampado en Kyoto, un cineasta, ayudado de un grupo de colaboradores, construyó una estructura tradicional con tierra, madera, paja y tatamis. Era una sala de cine en la que se proyectó una sola película: El reloj de sol de los Mil Años: la historia de Magino (1987). Después de un determinado número de proyecciones, la construcción se desmontó. El motivo de esta efímera experiencia fue la imposibilidad de su autor, Shinsuke Ogawa, uno de los más prestigiosos documentalistas nipones, por encontrar los medios suficientes para su exhibición en salas comerciales. Ogawa bautizó esta instalación con el nombre de El teatro (el cine) de los mil años. Este hecho puede muy bien definir lo que ha sido el espíritu del cine japonés en general y del documental en particular del que, aún hoy en día, sigue habiendo un gran desconocimiento de una buena parte de su producción. Una cinematografía que, pese a padecer adversidades (políticas, bélicas o naturales) y con dificultades para abrirse en Occidente, continuó su marcha.

Japón es un país cuya tradición, tan enraizada como milenaria, marcará la producción cinematográfica durante las primeras décadas de su cinematografía: el teatro Kabuki, las evocaciones medievales de los samuráis, etc. Hechos como el enfrentamiento bélico con China y situaciones políticas como el golpe de estado ultra nacionalista en 1936, provocan un período de exaltación patriótica. La Segunda Guerra Mundial, que culmina con los atroces bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, y la posterior ocupación americana supone una enorme ruptura: el Japón ancestral, destruido, se occidentaliza en su recuperación. Estos factores determinarán desde un principio, las líneas que va a seguir el documental (del que ya hay ejemplos antes de la contienda), y también muchos filmes de ficción: la crítica contra la guerra, la memoria de la tradición, etc. Fumio Kamei, considerado por muchos el padre del documental japonés, realizará la excelente Fighting soldiers (Tatakau heitai, 1939), filme que denuncia el conflicto bélico a través de las operaciones militares japonesas en Wuhan. Kamei muestra el sufrimiento y la desmoralización de los soldados, lo que le ocasionó un arresto. Pero no le impidió realizar títulos como Kobayashi Issa (1941) y otros socialmente comprometidos.

A pesar de estos contratiempos, la industria del cine japonés experimentará un gran crecimiento con lo que alcanzará un período de esplendor en los años cincuenta. Además, es en esta época cuando Occidente descubre una cinematografía prácticamente desconocida hasta esos momentos, a través de los grandes festivales: Rashomón de Akira Kurosawa obtuvo el León de Oro en el Festival de Venecia en 1951 y del Oscar a la mejor película extranjera ese mismo año. A partir de ahí saldrán a la luz autores ya consagrados en esa época como Kenji Mizoguchi, Mikio Naruse o Yasujiro Ozu, que habían comenzado haciendo películas mudas en los años veinte. A finales de esta década, la llegada de la televisión hace que la producción cinematográfica entre en declive, a la vez que surge un nuevo grupo de directores, de la llamada Nueva Ola, un fenómeno paralelo a la Nouvelle Vague, solo que con la diferencia de que aquellos estaban bajo los auspicios de la industria, lejos del independentismo del grupo francés. Uno de estos nuevos realizadores fue Susumu Hani, periodista en la agencia Kyodo en sus inicios y que hará documentales como Los niños en la clase (1955), premiado en numerosos festivales y Niños dibujando (1956).

Los movimientos de protesta de mayo del 68 también llegan a Japón. Las revueltas estudiantiles, el pacifismo y las luchas sociales surgirán a lo largo del país. El documental será una plataforma idónea para una serie de directores que desarrollarán su ferviente compromiso social. Uno de ellos será el ya citado Shinosuke Ogawa, que en 1963 se lanza a rodar documentales y crea más tarde su propia productora Ogawa Pro, lo que le dará una mayor libertad e independencia. Sus primeros trabajos recogen las protestas estudiantiles. De hecho, siguiendo uno de estos movimientos que se había movilizado para ayudar a una comunidad campesina expropiada por la construcción del aeropuerto de Narita (Tokio), le lleva a un mayor interés por las clases mas desfavorecidas. Esta resistencia activa la plasma en siete documentales rodados entre 1968 y 1977 bajo el epígrafe común de Sanrikuza, rodados cámara en mano. Pero Ogawa también indaga en el pasado de su pueblo, en muchas ocasiones maltratado por el progreso, lo que le lleva a aceptar la invitación a una estancia en una aldea que vive del cultivo del arroz. Fruto de esta experiencia es el citado filme El reloj de sol de los Mil Años: la historia de Magino (1987), cuya realización le llevará más de una década. Línea que actualmente seguirá Makoto Sako con trabajos como Living on the River Agano (1992) y Memories of Agano (2004) y que reflejan el despoblamiento de las zonas rurales.

Otro activista en la línea de Ogawa, será Tsuchimoto Noriaki que con Minamata: Las víctimas y su mundo (Minamata, Victims and Their World, 1971) inicia una serie de documentales en los que sigue durante varios años las consecuencias de una contaminación en las aguas costeras de Minamata que produjo el envenenamiento masivo de los habitantes del lugar. Esa misma línea seguirá Toshio Matsumoto, que captará a través de su objetivo la vida cotidiana desde un punto de vista antropológico en su filme Nishiijin (1961), nombre de un barrio de Kyoto habitado por artesanos dedicados a los tejidos de seda de los kimonos y El canto de las piedras (The Song of Stones, 1963), interesante película sobre los obreros esclavos de las canteras de granito de Shikoku.

La revisión histórica desde la perspectiva que da el paso del tiempo será otra línea temática que cultivarán consagrados directores como Shohei Imamura, autor de prestigiosos filmes como La balada del Narayama (1983), La anguila (1997), o la reciente Agua tibia bajo un puente rojo (2001), y que rodó el documental La historia de Japón tras la guerra contada por una camarera (1970), en la que contrasta los hechos históricos a través de las confesiones de una camarera cuya vida se ha desarrollado en un Japón muy occidentalizado. Imamura retomaría el tema una vez mas con Lluvia negra (1989) un filme de ficción sobre las secuelas de la bomba de Hiroshima. Ese revisionismo histórico lo desarrollarán otros realizadores como Kazuo Hara en su filme El Ejército de Dios prosigue su marcha (Yukiyukite Shingun, 1987) que muestra la cruzada de un hombre que luchó en el frente del Pacífico, por inculpar al emperador de todas las penurias que pasaron en el frente y descubrir la verdad sobre la ejecución de dos compañeros de batallón.

Por último destaca la obra de la realizadora Naomi Kawase, que ha alternado documentales con filmes de ficción (el último, Shara, lo presentó en Cannes en 2003). Destacan Embracing (Ni tsutsumarete, 1992) y Dans le silence du monde (Kya Ka Ra Ba A, 2001) personales e intimistas piezas en las que la autora reflexiona sobre la identidad en donde tiene como nexo común la figura de su padre.

Estos filmes podrán verse, entre el 17 y el 25 de febrero, en el Festival de Cine Documental de Navarra, que presentará una retrospectiva bajo el epígrafe de “El cine de los mil años” (en referencia al citado Ogawa) sobre clásicos del cine documental Japonés. Una buena ocasión para descubrir las voces de unos pocos que no pudieron callar el sufrimiento de otros muchos.

CARLOS TEJEDA
(1) Artículo publicado en la sección "Locos por el cine" de la revista KANE3, nº 5, febrero de 2006, pp. 38-39.