EL INVENTOR DE RECUERDOS (1)

Trazar un perfil biográfico del director italiano es, en muchas ocasiones, entrar en arenas movedizas. Tanto en sus declaraciones a los medios informativos como en sus propias películas, Fellini, con un fino sentido del humor y como gran inventor de historias que era, juega constantemente a mezclar aspectos de su vida real con hechos salidos de su prolífica imaginación. El Guido Anselmi de Ocho y medio o el Marcello Rubini de La dolce vita, encarnados por Marcello Mastroianni, son simples vehículos que el realizador utiliza para reinventarse así mismo: autobiografía y ficción integran ese todo que irá contribuyendo, con el tiempo, a la formación de su propio mito.

Federico Fellini nació el 20 de enero de 1920 en Rímini, siendo el mayor de tres hermanos. Hay ya tres elementos en su infancia que marcarán su vida y su futura obra: el circo, al que va por primera vez con siete años, el cine, del que se convierte en un asiduo espectador y los tebeos, que le estimulan a una febril entrega por el dibujo, disciplina que no abandonará nunca. De hecho sus primeros trabajos remunerados serán tiras cómicas y caricaturas para revistas humorísticas, e incluso con algunos amigos inaugura una tienda de caricaturas en Roma (a la que llegó en 1938), que bautiza como The Funny Face Shop, actividades que combinará con el periodismo y la escritura de relatos y guiones cinematográficos. En 1945 conoce a Roberto Rossellini con quien colabora en los guiones de Roma Cittá aperta (1945), Paisá (1946) o Francisco, Juglar de Dios (1950), entre otras, además de ser su ayudante de dirección.

En solitario
Después de codirigir con Alberto Lattuada Luces de variedades (1951), una historia sobre un grupo de vodevil interpretado por Giulietta Masina (su musa, con quién se casó en 1943), y que resultó ser un fracaso comercial, realiza, ya en solitario, El jeque blanco (1952), una sátira sobre el mundo de la fotonovela. A pesar de que en su momento no obtuvo el beneplácito del público, el filme marca el comienzo de una fructífera unión artística con Nino Rota, que será el autor de todas sus bandas sonoras hasta Ensayo de orquesta (1979), año en que falleció el compositor. Con Los inútiles (1953), Fellini alcanza el reconocimiento con su primer premio: el León de Plata del Festival de Venecia. Después de realizar un episodio corto (Un´agenzia matrimoniale) para el film de episodios L´amore in cittá (1953), para Zavatini, il maestro irá alejándose progresivamente del neorrealismo, hacia su particular mundo poético, plagado de metáforas y recuerdos, donde sus personajes, marginales todos, sobreviven como titiriteros ambulantes, mediante la picaresca o recurriendo a la calle, como ocurre respectivamente en La Strada (1954), que supuso su primer Oscar a la película de habla no inglesa, Almas sin conciencia (1955) y Las noches de Cabiria (1957), con la que, de nuevo, ganó el segundo Oscar, también al filme extranjero.

La dolce vita (1960), ácida crónica sobre la disoluta sociedad romana de la época, interpretada por Mastroianni, significó la consagración internacional de ambos (recibió la Palma de Oro en Cannes) y un éxito de gran magnitud, influyendo, tanto estética como conceptualmente, en todos los niveles (entre otras anécdotas, el personaje del fotógrafo Paparazzo significó el origen del vocablo paparazzi), y la fuerte polémica que desató, incluida la censura de la propia Iglesia, no hicieron mas que convertirla, con el tiempo, en un icono cinematográfico.

Su siguiente trabajo será otro gran clásico: Fellini ocho y medio (1963), un film sobre un director de cine en crisis. De hecho el otto e mezzo viene por ser su película nº 8 en su filmografía, correspondiendo el medio a los filmes de episodios que había hecho. A ésta le seguirán Giulietta de los espíritus (1965), su primer film en color; Satiricón (1969); Los clowns (1970); su declaración de amor por la Ciudad Eterna en Roma (1972); la fascinante evocación de la nostalgia en Amarcord (1973), que le valió su cuarto oscar, de nuevo a la mejor película extranjera o El casanova de Fellini (1976), revisión personal del mítico amante. Pero tampoco estuvo exento de problemas con productores y proyectos frustrados, incluso algunos de ellos casi le cuestan la salud, como el guión de Il viaggio di G. Mastorna, que escribió en 1966, y del que Milo Manara hizo una versión en comic en 1992.

El crepúsculo
A pesar de que en la década de los 80 la decadencia y la reiteración en sus temas se manifiestan en su obra, Fellini aún consigue recuperar su vigor creativo en Y la nave va (1983), un viaje en trasatlántico que reúne a un grupo de personajes del mundo operístico que lleva las cenizas de una diva fallecida. Y aunque largometrajes como La ciudad de las mujeres (1980), Ginger y Fred (1985), Entrevista (1987) o La voz de la luna (1989), su último film, tienen retazos de brillantez, no llegarán a alcanzar la genialidad de sus películas anteriores.

En marzo de 1993, ya con problemas de salud, recibe el quinto oscar, esta vez honorífico. Siete meses después, en Roma, el 31 de octubre, la muerte bajó el telón a una representación que duró 73 años. Ahora continua el mito.

CARLOS TEJEDA
(1) Artículo publicado en el suplemento BLANCO Y NEGRO CULTURAL del Diario ABC, nº 611, 11 de octubre de 2003, p. 43.