CRÓNICAS DE SOMBRAS (1)

Cuando en 1946 aún humeaban las ruinas candentes de un Berlin pulverizado por la guerra, Artur Brauner (nacido en 1918), y ocasional guionista (bajo el seudónimo de Art Brendt), fundó el estudio CCC Filmkunst, iniciando una prolífica carrera como productor, que abarca más de doscientos títulos. Pero además, Brauner, judío de origen polaco, es un superviviente de los campos de exterminio donde pereció la mayor parte de su familia. Y aunque trabajó en la producción de títulos tan dispares como Los crímenes del Doctor Mabuse (1960), ultima película de Fritz Lang o Las vampiras (1970), de Jess Franco, una parte de su obra está inevitablemente marcada por el holocausto.

Una de sus primeras producciones es la discreta, pero valiente, Morituri (1948), dirigida por Eugen York, en la que un grupo de refugiados, huidos de un campo de concentración, discute sobre la suerte de un soldado alemán (papel que supuso el debut cinematográfico de Klaus Kinski) que acaban de atrapar. El film provoca el rechazo de un público con la herida de la guerra aún demasiado abierta, lo que lo empuja a hacer más filmes comerciales, que irá alternando con otros dedicados al conflicto: El 20 de julio (Falk Harnarck, 1955), sobre la resistencia alemana; Testigo del infierno (Zika Mitrovic, 1967), donde una superviviente del genocidio (Irene Papas), testifica, veinte años más tarde, contra su torturador; o Charlotte S. (Frans Weis, 1980), basada en la historia real de la pintora Charlotte Salomon muerta en Auschwitz en 1943, que se vio reforzada por la actuación de Derek Jacobi (Yo Claudio, 1976).

Wajda y Wicki
Brauner encargó Un amor en Alemania (1983) a Andrzej Wajda, director de prestigiosos títulos como Cenizas y diamantes (1958) o El hombre de mármol (1976). Esta producción contó con un reparto en el que destacan, entre otros, Hanna Schygulla, una de las actrices fetiche de Fassbinder, y Bernhard Wicki, director de El puente (1959), crudo film antibelicista y una de las más significativas películas de la contienda vista por los alemanes.

Ya desde una perspectiva temporal más lejana, Brauner produce dos interesantes títulos dirigidos por la directora polaca Agnieska Holland, abordando el conflicto de una forma más abierta: Amarga cosecha (1985), film que describe la relación entre una joven judía que huye de los nazis y un granjero, y la celebrada Europa, Europa (1990), crónica de las vicisitudes de un chico judío que, ocultándose del nazismo, acaba por azar formando parte de las juventudes hitlerianas. Después, Brauner produce Hanussen, el adivino (1988), película que junto con Mephisto (1981) y Coronel Redl (1985), cierra la trilogía sobre el imperio Austro-Húngaro dirigida por István Szabo, con Klaus María Brandauer como protagonista. El largometraje recoge la peripecia vital de Klaus Schneider, que con el seudónimo de Hanussen, se convierte en mago y adivino, triunfando en la sociedad del período de entreguerras. Parábola sobre el auge y la caída, el filme se inspira en hechos históricos, ya que el Hanussen real fue un misterioso personaje dedicado a la nigromancia que, según se cuenta, llegó a codearse con la cúpula del partido nazi. A Brandauer le secundó uno de los actores habituales de Ingmar Bergman: el magnífico Erland Josephson, como el doctor Bettelheim, mentor del vidente. Por último, La rosaleda (1990), un duro largometraje basado en hechos reales sobre un grupo de niños judíos, víctimas de experimentos médicos. El film fue dirigido por Fons Rademakers que en 1986 ganó con El asalto un Oscar a la Mejor Película Extranjera.

Quizá producciones recientes como La lista de Schindler (S. Spierberg, 1993), o El pianista (R. Polanski, 2002), le deban algo al largo camino allanado por Artur Brauner, un productor que, desde sus inicios, nunca ha dejado de reflexionar sobre un período que, con permiso de Borges, pertenece a la historia universal de la infamia.


CARLOS TEJEDA
(1) Artículo publicado en el suplemento BLANCO Y NEGRO CULTURAL el diario ABC, nº 685, 19 de marzo de 2005, p. 43.