EL HOMBRE MÁS FELIZ DEL MUNDO (1)

«Esta es la razón por la que soy el hombre más feliz del mundo; realizo mis sueños y me pagan por ello, soy director de cine» (El placer de la mirada. Paidós, p. 286). Así expresaba François Truffaut (1932-1984), el entusiasmo con el que se dedicó al séptimo arte. Enfant terrible de la Nouvelle Vague, publicó virulentos artículos contra el cine francés de entonces en Cahiers du Cinéma, creo su propia productora, Les Films du Carrosse, y fue un gran admirador de Jean Renoir, Alfred Hitchcock y John Ford, entre otros.

Sus películas transpiran espontaneidad y sencillez, además de un vigoroso sentido del ritmo. Son radiografías sobre las relaciones humanas y reflejos de sus obsesiones, aderezadas, casi siempre, con elementos autobiográficos. No en vano, con los cinco títulos de la saga de Antoine Doinel, alter ego del propio Truffaut, se pueden trazar las claves de su obra.

La serie se inicia con Los cuatrocientos golpes (1959), su primer largometraje, que retrata al preadolescente y solitario Doinel, un hijo no deseado, que vive con su madre y su padrastro, no exentos de problemas conyugales. Truffaut, hijo de madre soltera que después se casó con Roland Truffaut, fue un niño retraído y desamparado. De ahí dos de sus grandes preocupaciones: la infancia y la figura del padre, reflejadas en películas como El pequeño salvaje (1969) y La piel dura (1976). Si el segundo es un filme coral sobre el mundo de los niños, la primera es un detallado estudio sobre el proceso educativo de un niño encontrado en los bosques de Aveyron en 1798. Basada en los informes del doctor Jean Itard, que encarna el propio Truffaut, supuso el inicio de una fructífera colaboración con el director de fotografía español Néstor Almendros.

Antoine et Colette, un sketch del largometraje El amor a los 20 años (1962), refleja el primer amor adolescente, y no correspondido, de Doinel. Truffaut tendría una agitada vida sentimental: desde un matrimonio del que tuvo dos hijas, hasta varios romances, como el que mantuvo con Fanny Ardant, que le daría una nueva hija. El amor y sus diversos aspectos será otro de sus temas recurrentes en su filmografía: Los triángulos amorosos, a veces de dos amigos y una mujer como en Jules y Jim (Jules et Jim, 1962), o de dos hermanas y un hombre en Las dos inglesas y el amor (1971); el amor obsesivo y no correspondido en Diario íntimo de Adèle H (1975); la infidelidad y sus trágicas consecuencias en La piel suave (1964) y La mujer de al lado (1981), o el arte de la seducción en El amante del amor (1977).

Besos robados (1968), la tercera del ciclo Doinel, comienza con la expulsión del ejercito, (como le ocurrió al cineasta). El protagonista corteja a una antigua novia y tiene diversos empleos como el de detective privado. Y es que Truffaut, fue un gran amante de la novela y del cine negro. De hecho, abordó el género en diversos filmes como Disparad sobre el pianista (1960), donde Charles Aznavour encarna a un músico con pasado oscuro; La novia vestida de negro (1967), que narra la historia de una venganza; La sirena del Mississipi (1969), con Catherine Deneuve como una caza fortunas sin escrúpulos, o Vivamente el domingo (1983), donde una secretaria se mete a detective para probar la inocencia de su jefe.

Pasión por la literatura
Domicilio conyugal (1970), un retrato sobre la desintegración del matrimonio, es la cuarta entrega de la serie Doinel. Éste se convierte en escritor y publica su primera novela: una autobiografía titulada Les salades de l’amour (Los líos del amor), que volverá a aparecer en la última de la serie, El amor en fuga (1979), y que vendrá a ser la recapitulación de la vida de Doinel. La vocación inicial de Truffaut era la de escritor: además de su faceta como crítico, publicará varios libros como el clásico El cine según Hitchcock (en Alianza Editorial), una larga entrevista al director inglés. Esta pasión por la literatura, que le inculcó de pequeño su abuela materna, que fue quien le acogió, será otra constante en su obra: muchos de sus personajes escriben libros como Jules, que redacta una relato basado en su amistad con Jim, en Jules y Jim; Adéle Hugo que anota concienzudamente su obsesión en Diario íntimo de Adela H; el seductor Bertrand Morane escribe sus memorias en El amante del amor; o Claude Roc, que edita una novela en Las dos inglesas y el amor. Pero tampoco faltan alusiones literarias, entre muchas otras, a Balzac, uno de sus escritores predilectos: el pequeño altar que le dedica Doinel al literato en Los cuatrocientos golpes, o el protagonista de La piel suave, un escritor que da conferencias sobre el autor de La comedia humana. Sin olvidar Fahrenheit 451 (1966), donde un futurista régimen totalitario se sustenta destruiyendo libros con la ayuda de bomberos pirómanos.

Aparte, también destacan en su filmografía La habitación verde (1978), donde Truffaut, que encarna el papel protagonista, refleja su obsesión por la muerte; y sus dos filmes sobre el mundo del espectáculo, en los que los entresijos de las relaciones humanas vuelven a ser el eje central de la narración: el del cine en La noche americana (1973), que le valió el Oscar a la mejor película extranjera, y el del teatro en la magnífica El ultimo metro (1980).

Para la retina del gran público, el nombre de François Truffaut se sigue asociando a la imagen de ese devoto científico francés experto en OVNI, Claude Lacombe, que contactaba con los extraterrestres en Encuentros en la tercera fase (1977). Pero, desde una concepción diferente de hacer cine, la cámara de Spielberg logró captar esa luz que irradió el realizador durante toda una vida dedicada al cine: el entusiasmo.

CARLOS TEJEDA
(1) Artículo publicado en el suplemento BLANCO Y NEGRO CULTURAL del diario ABC, nº 664, 16 de octubre de 2004, pp. 42-43.